En un oasis escondido del
desierto estaba el viejo Ediam arrodillado al lado de un grupo de palmeras
datileras.
Su vecino Hakim, acaudalado
mercader, vio a Ediam muy sudado cavando en la arena y le dijo:
- La paz sea contigo, pero ¿qué haces aquí con
este calor y esta pala en la mano?
- Siembro Dátiles, y le señaló el palmar.
- El calor te ha dañado el cerebro, querido
amigo. Ven, deja esta tarea y vamos a la tienda a beber una copa de licor.
- No, debo terminar la siembra. Luego iremos.
- Dime amigo, ¿cuántos años tienes?
- No sé, 60 ó 70, no sé. Lo he olvidado, pero
¿eso qué importa?
- Mira amigo, los datileros tardan 50 años en
crecer y dar frutos. Tú sabes que no cosecharás lo que hoy siembras. Deja esto
y ven conmigo.
- Mira Hakim, yo como los dátiles que otro
sembró. Yo siembro hoy para que otro puedan comerlos y en recuerdo y
agradecimiento por el que los sembró, quiero terminar mi tarea.
- Me has dado una gran lección. Déjame que te
pague esta enseñanza y le echó una bolsa con dinero.
- Te agradezco tus monedas amigo. Es verdad,
probablemente no llegaré a cosechar lo que estoy sembrando, pero de momento he
cosechado una bolsa de monedas y la gratitud de un amigo.
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