La Laicidad exige separación y mutuo respeto, pero también neutralidad de
los poderes públicos ante el fenómeno religioso.
La laicidad positiva implica no sólo respeto y promoción, por parte del
Estado, del derecho de libertad religiosa en su dimensión individual, sino
también el reconocimiento de las confesiones religiosas.
El laicismo, por el contrario, implica la exclusión de lo religioso de los
distintos ámbitos de la sociedad, con la pretensión de que quede relegado al
ámbito privado de la conciencia individual.
Me entristece mucho leer u
oír expresiones de menosprecio que ridiculizan a personas creyentes que hacen
de su vida una entrega desinteresada a los demás, que luchan para que disminuyan
las desigualdades y que dan su tiempo y dinero en favor de otros.
La laicidad bien entendida es
aceptada por todos como vehículo de integración de las personas, de
enriquecimiento mutuo. En el momento actual en el que todo el mundo desea una
economía de comunión, es decir, existe una sensibilidad social que nos impulsa
a ayudarnos en lo más cotidiano como participar en las comunidades de vecinos o
en ONGs en las que se crea un vínculo de
fraternidad y se vive como una unidad independientemente de las creencias que
se tiene, no tiene sentido resaltar las diferencias entre nosotros en lugar de
aprovechar y conseguir colaboración conjunta de muchos proyectos en beneficio
de la comunidad
La laicidad así entendida y
practicada nos acerca. El laicismo, en cambio, nos separa. Necesitamos
acercarnos, comunicarnos, ayudarnos porque somos personas que vivimos en
comunidad.
Por encima de toda
diferencia legítima, nos necesitamos.
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